Hay temporadas en las que parece que nuestra personalidad cambió. Tenemos menos paciencia, cualquier comentario nos irrita, preferimos cancelar planes y situaciones que antes resolvíamos fácilmente empiezan a sentirse agotadoras. No siempre significa que nos hemos convertido en una persona diferente. A veces, el estrés prolongado está ocupando demasiado espacio.
Cuando vivimos bajo presión constante, el organismo permanece en un estado de alerta que puede afectar el estado de ánimo, el sueño y la capacidad para regular nuestras emociones. Esto puede traducirse en irritabilidad, impulsividad, dificultad para concentrarnos o una tolerancia mucho menor ante pequeñas frustraciones.
Las relaciones suelen ser uno de los primeros lugares donde se nota. Podemos responder con brusquedad, interpretar comentarios neutrales como críticas o alejarnos porque sentimos que ya no tenemos energía para conversar. El problema es que quienes están alrededor solamente ven el comportamiento; no necesariamente conocen el agotamiento que existe detrás.
También puede aparecer una versión más aislada de nosotras mismas. Dejar mensajes sin responder, perder interés en hacer planes o necesitar mucho más tiempo a solas puede ser una manera de reducir estímulos cuando sentimos que todo nos sobrepasa. Sin embargo, si esta desconexión se prolonga, puede terminar debilitando precisamente los vínculos que podrían ofrecernos apoyo.
Reconocer el estrés tampoco significa utilizarlo como excusa para tratar mal a los demás. Si nuestras reacciones están afectando constantemente a quienes queremos, conviene observar qué está ocurriendo y recuperar espacios de descanso, establecer límites, reducir cargas cuando sea posible y hablar con claridad sobre aquello que estamos atravesando.
Una mala semana puede volvernos más irritables. Pero si llevas meses sintiéndote más enojada, distante, ansiosa o emocionalmente agotada de lo habitual, vale la pena prestarle atención y, si persiste o interfiere con tu vida cotidiana, buscar orientación profesional. Quizá la pregunta no sea por qué dejaste de ser tú, sino cuánto tiempo llevas intentando funcionar como si nada te estuviera afectando.


