Quizá antes podías tomar un par de copas, dormir unas horas y continuar con tu día sin demasiadas consecuencias. Ahora, la misma cantidad puede dejarte con dolor de cabeza, cansancio, inflamación o una sensación de no haber descansado absolutamente nada. Y no, necesariamente significa que estés imaginándolo: la forma en que el cuerpo responde al alcohol puede cambiar con el tiempo.
Una de las principales razones está en el sueño. Aunque el alcohol puede hacer que te duermas más rápido, también puede alterar la calidad del descanso y favorecer despertares durante la noche. El resultado puede ser levantarte agotada incluso después de haber dormido varias horas.
La hidratación también influye. El alcohol aumenta la producción de orina y puede contribuir a la pérdida de líquidos. Si además bebiste poca agua, comiste diferente o pasaste varias horas despierta, síntomas como sed, dolor de cabeza y cansancio pueden sentirse todavía más intensos al día siguiente.
La tolerancia tampoco permanece igual toda la vida. La composición corporal, algunos medicamentos, la frecuencia con la que consumes alcohol y cambios en el metabolismo pueden modificar cómo te afecta. Por eso, comparar lo que podías beber hace diez años con lo que toleras actualmente no siempre tiene demasiado sentido.
También conviene escuchar esos cambios en lugar de intentar “recuperar” la tolerancia anterior. Beber menos, hacerlo más despacio, comer y alternar con agua puede reducir algunos efectos, aunque ninguna estrategia elimina por completo las consecuencias del alcohol.
Si cada vez necesitas menos alcohol para sentirte mal, quizá tu cuerpo simplemente esté marcando un nuevo límite. No tienes que beber como antes solo porque antes podías hacerlo.


